El enamoramiento pasional en el BDSM

El BDSM son prácticas, susceptibles del corto plazo, pero también es la relación estable en que aquellas suelen desembocar, cuando se dan determinadas circunstancias entre las que es esencial la intervención de neurotransmisores como principalmente la dopamina y además la norepinefrina o noradrenalina.

RETOMEMOS a la antropóloga y bióloga Helen Fisher, donde lo dejamos en el anterior post, quien sostenía que tras los primeros encuentros eróticos a corto plazo, la elevación de niveles de la dopamina y la noradrenalina que las prácticas del BDSM facilitan especialmente, alcanza tal presencia hasta adictiva que pue mantener la relación hasta desembocar en una formalización con la finalidad de construirla como estable para rentabilizar sinergias entre los partícipes en orden a compartir medios orientados a objetivos comunes. El amor, vamos, la vulneración frente a la pasión al focalizarse en alguien concreto para continuar la experimentación, emparejándose por adecuación en lo afín y por compatibilidad en lo complementario. Estúpida y sensual dopamina…

Y así acaba surgiendo lo que Fisher denomina «amor romántico», aunque no en su conocido sentido de forma de amar sino como sinónimo de esa primera fase de la concreta relación que podemos conocer como enamoramiento pasional, en el que la dopamina queda caracterizada como, dice ella, «neurotransmisor del romance». Ese enamoramiento constituye una emoción por cuanto no es variable ni se refleja en expresiones faciales; es un impulso conforme un sistema cerebral de motivación, siempre asociado a niveles altos de dopamina central, orientado a la satisfacción de una necesidad o un deseo de emparejamiento y la recompensa de la reciprocidad -necesitamos, amar y ser amados-, por lo tanto persistente y difícil de controlar

EN esa primera fase del amor la presencia del amado eleva los niveles de dopamina en el núcleo accumbens del cerebro, área de éste asociado con la ansiedad y la adicción, emociones que se experimentan en relación con aquél. Es conocido que la producción de dopamina es directamente proporcional a la motivación, pero también lo es a la concentración de la atención y al finalismo conductual, adictivamente estimulado por la mera existencia del amado que consigue este efecto. La euforia, el éxtasis, la hiperactividad, la dependencia… el exceso de energía parejo al amor romántico realmente lo provoca la dopamina estimulada por el objeto del amor, el amado. La lucha por el amor es también culpa de la dopamina, cuya segregación se acelera en situaciones de riesgo ante la pareja para compensar y evitar la rendición ante las dificultades, el “efecto Romeo y Julieta” de «frustración-atracción».

Sin duda que algo tiene que ver las tendencias observadas científicamente de buscar los hombres sentirse útiles protegiendo sus parejas en las relaciones a largo plazo -quizá debido a las menores conexiones familiares y de amistades que establecen ellos y originariamente para garantizar la reproducción-, y las mujeres la seguridad, tanto personal como social, que encuentran en los rasgos masculinos acentuados por la testosterona, en la generosidad que evidencia compromiso ante las relaciones a largo plazo e incluso en el sentido del humor indicativo de inteligencia, líneas confirmadas por el psicólgo Dr. David M. Buss.

Con la dopamina en el enamorado se incrementan los niveles de noradrenalina, que contribuye a las mismas emociones y además por un lado está asociada al aumento de capacidad de rememoración tan importante en el proceso de enamoramiento, y por otro provoca la liberación de estrógenos, las hormonas sexuales femeninas. Explica Fisher la relación de la norepinefrina con la postura de cortejo de lordosis, por la que las hembras –recordemos que no es exclusivo del animal humano- arquean la espalda alzando las nalgas en ofrecimiento de emparejamiento.

Hay, añade Fisher, un tercer neurotransmisor a tener en cuenta, la serotonina, cuya reducción de niveles inversamente proporcional al incremento de segregación de dopamina y norepinefrina parejos al enamoramiento provoca la obsesión, la ansiedad, la impulsividad y su furia o hasta la agresividad, los pensamientos intrusivos… que impiden desconectar mentalmente del amado, acaso como estrategia adaptativa evolutiva.

EN 2000, Helen Fisher contó con la colaboración de neurólogos del Albert Einstein College of Medicine registrando los flujos sanguíneos de cerebros –las áreas más activas requieren más oxígeno- de personas enamoradas de distintos sexos y con distintos tiempos enamorados una media de siete meses, mediante un aparato de imagen por resonancia magnética funcional durante la estimulación mediante la visualización de imágenes de sus personas amadas. La visión tiene un desarrollo específico en los primates superiores, por razones evolutivas.

Con la visión de una fotografía de su amado, el cerebro de la persona escaneada experimentaba mucha actividad en la cola y el cuerpo de núcleo caudado -área evolucionada hace más de 65 millones de años, antes de la proliferación de los mamíferos- del hemisferio cerebral derecho. El de las emociones positivas es el núcleo caudado izquierdo, vinculándose el derecho a los sentimientos de ansiedad e impaciencia del enamoramiento. Y su interactuación forma parte del “sistema de recompensa” del cerebro para identificarlas y obtenerlas, esenciales para la atención y la motivación, según Fisher.

De hecho, según ella, el estudio identificó actividad en otras regiones de ese sistema de recompensa, como el área ventral tegmental, donde se localizan las neuronas que generan e irradian la dopamina –hasta sobrecargando de ese combustible el nucleo caudado- que produce en el enamorado una gran concentración de la atención, euforia, vigor y hasta manía dirigida a la obtención de recompensa.

CON el 2% de nuestro peso nuestro cerebro consume, sólo en condiciones normales, el 25% de nuestra energía metabólica. Pues bien: esa primera fase al caer en el amor implica, siempre según Fisher, un exceso de energía más allá de la ya por sí elevada en nuestra especie, la propia del placer físico y mental, la euforia, el éxtasis amoroso, la hiperactividad, la construcción de su permanencia, pero también menoscabos como el anhelo, el insomnio, la pérdida del apetito, la adaptación al otro, la empatía ante el sufrimiento del deseado, la obsesión, la posesividad y su “vigilancia de la pareja”, la sobrevaloración del “efecto de las lentes rosas”, la “ansiedad de separación” ante la ausencia, la evocación de los pensamientos intrusivos, la dependencia e inseguridades representándose rupturas de, al menos, los equilibrios de la pareja… todo ello focalizando en el un objeto de nuestro amor con “significado especial”, el amado, junto con todo lo que lo recuerde, que conlleva una duración temporal limitada que puede ser de uno o dos años, o más cuando existen adversidades –la “frustración-atracción”- contra las que luchar que le den sentido.

Tal consumo energético no es sostenible, por lo que es natural evolucionar el amor a una segunda fase.

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