¡Hola, mundo!

Un confinamiento por pandemia planetaria… no es sólo un buen lugar, sino también un momento propicio para comenzar a poner ideas en orden.

A ver esta vez cuánto dura, que ya tuve intentos anteriores frustrados por distintas razones. Éste me encuentra enfilando la recta final del Máster en Sexología que llevo casi dos años cursando en el Instituto de Ciencias Sexológicas adscrito a la Universidad de Alcalá de Henares, no para dedicarme a ello -mi vocación como jurista se conduce por derroteros más materiales-, sino por el mero placer de, simplemente, saber. En mi caso, para entender el corazón de los humanos, como escribió Bertrand Russell en el Prólogo -que hago mi vademecum– de su Autobiografía. Por conocer la respuesta a ¿por qué nos amamos? Y en mi caso, en particular, por qué lo hacemos con las «peculiaridades» que Efigenio Amezúa localiza en la episteme del Hecho Sexual Humano.

Un siglo después de la pandemia de la injustamente conocida como «gripe española» otra asola el mundo con la llegada de 2020, uno de esos acontecimientos que marcan las vidas de niños, jóvenes, maduros y atemorizados ancianos que coincidimos en este punto de la Historia de la humanidad obligados a transcurrirlo. Ahora, como no de 1918 a 1921, las autoridades pueden hacerse obedecer casi instantaneamente en cualquier lugar de su jurisdicción, poco más rápido que la velocidad con la que en este mundo globalizado viajan los virus portados por hombres y mujeres llevando y trayendo negocios en sus maletines y ocio en sus maletas.

TODAS las autoridades del globo, coincidentemente asesorados por sus respectivos expertos epidemiólogos, nos imponen y cuando cabe excepcionarlo nos recomiendan lo que en todas partes se traduce como «distanciamiento social». Qué triste que dicho concepto se haya normalizado y sublimado. Hemos de alejarnos de los demás, o encerrados en casa o evitando aproximaciones físicas. Hemos de renunciar a saludarnos y despedirnos estrechándonos las manos, y no digamos besarnos o abrazarnos, de tal suerte que las caricias o la unión íntima hemos de restringirlos a la fidelidad y la estabilidad. Hemos de limitar nuestras manos con guantes. Hemos, nos recomiendan, de tapar cuanto podamos nuestras caras, que es nuestra expresión, tras mascarillas propias de la vestimenta quirúrgica. Hemos de sentarnos en filas distintas y en diagonal, nunca más de dos, si no queda otra que compartir coche, haciendo harto desaconsejable copilotar una moto abrazando desde atrás al conductor. Hemos de lavarnos concienzudamente las manos por si tocamos lo que otros de nosotros hayamos tocado, y hasta la suela de los zapatos al volver a casa, a su entrada, por si pisamos donde de otro hombre o mujer haya caído un virus, para que ningún otro rastro se adentre a nuestro hogar. Hemos de bordear cuanto sea posible el cuerpo de cualquier otro humano con el que nos crucemos.

Hemos de tolerar que nuestros Gobiernos nos geolocalicen -ilegítimanente, sostengo- para comprobar que cumplimos un Estado de Alarma tan inédito que ni mis padres, que nacieron en la postguerra y vivieron una tiranía fascista, sufrieron esta suerte de necesario arresto domiciliario. Hemos de afrontar el riesgo, ejecutado en Hungría por su Gobierno del PP, de promulgarse Leyes de Habilitación como la que en 1933 totalizó en Hitler los Poderes del Estado. Se ha elevado a categoría la supuesta incompatibilidad entre la libertad y la seguridad, deriva que en Occidente ya venía propugnada desde el otro extremo por la posmodernidad de los supuestos guerreros y sobre todo las supuestas guerreras de la justicia social. El modelo es ese régimen horroroso que toma lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo, China, donde la falta de libertades se ha confirmado como garantía de la seguridad …y de potencia económica.

Hemos de desconfiar, y así no hay manera. Si resucitásemos a Michel Foucault nos maldiría por traerle a este mundo.

TEMO que sólo se nos ofrezca una alternativa coreana, donde los saludos son inclinando la cabeza como súbditos, donde el clima social es gélido, donde la democracia es iliberal, donde la clase obrera es irrelevante, donde la mascarilla es garantía de productividad. Afortunadamente, a falta de tecnología nosotros tenemos Sol, estamos en una latitud más templada, tenemos la pasión mediterránea y, pese a los posmodernos, somos hijos de la Ilustración. En esta tensión entre libertad y seguridad, hemos de tomar partido, en lo personal y en lo político.

Y también por eso este blog.

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