«La evolución del deseo» de David M. Buss

Así se titula su ensayo publicado en 1994 por dicho catedrático de Psicología de la Universidad de Texas nacido en 1953, para explicar las estrategias de emparejamiento desde la psicología evolucionista, desvirtuando «el dogma dominante en las ciencias sociales» que sostiene «que hombres y mujeres son esencialmente idénticos en su psicología sexual» y que «la cultura y la conciencia nos había liberado de las fuerzas evolutivas».

Define la psicología evolutiva como disciplina que identifica los «mecanismos psicológicos subyacentes producto de la evolución», que constata mediante el método que, por cierto, ya habían servido a otros estudiosos de la sexualidad para alcanzar sus conclusiones científicas generalmente aceptadas.

LA comunidad científica y quienes lo estudiamos aceptamos generalizadamente los resultados arrojados por los estudios del sexólogo Alfred C. Kinsey en su conocido «Informe Kinsey», producto de varios miles de entrevistas, homogeneizadas previo cuestionario, culminadas en 1948 respecto de los hombres y en 1953 respecto de las mujeres. Y los estudios prácticos implementados por William Masters y Virginia Johnson incluían también cuestionarios a los participantes sin los cuales no habrían podido publicar su «Respuesta Sexual Humana» en 1966.

Así, sobre casos puntuales de historias clínicas, aunque en una muestra muchísimo menor, es como el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing lanzó su «Psychopathia Sexualis» en 1886; es también previa muestra de testimonios cumplimentados como el sexólogo Havelock Ellis con John Addington Symonds pueden publicar su «Inversión sexual» en 1897 como primer tratado sobre la homosexualidad; y será el sexólogo Magnus Hirschfeld quien normalizará el empleo de cuestionarios a cumplimentar para sus distintas investigaciones. Todo lo cual, como refleja Juan Lejárraga en sus «Apuntes de Historia de la Sexología» publicado en el número extra doble de 2014 de la Revista Española de Sexología.

ÉSE, las entrevistas múltiples, es el método de trabajo seguido por David M. Buss para fundamentar sus «La evolución del deseo». Comenzó con entrevistas y cuestionarios a 180 adultos casados y 100 estudiantes universitarios de su país. Como eso, lógicamente, arrojaba un evidente sesgo cultural, extendió la recopilación de datos sobre emparejamiento por cuestionario a Alemania y Países Bajos… nuevamente con demasiada homogeneidad social y cultural. Así que los siguientes cinco años se abrió, ayudado por 150 colaboradores de 37 culturas de todos los continentes, al resto del mundo. Desde grandes ciudades a zonas rurales, de distintos niveles educativos, de entre 14 y 60 años de edad, de Estados con sistemas económicos capitalista y comunista… en total, el estudio es resultado de una muestra de 10.047 entrevistas a distintas personas de todo el mundo. Y como no debió resultarle suficiente, refiere haber seguido con 150 estudios distintos adicionales sobre más miles de personas.

Y producto de la mayor muestra de la historia científica sobre la atracción sexual, Buss detecta patrones de estrategias de emparejamiento, distintas según el interés de cada sexo, sea en cada caso a corto o largo plazo, mediante adaptaciones como soluciones evolutivas para garantizar la supervivencia y la reproducción, sin planificación consciente.

Recuerda el autor lo que Lady Ashley le dijo a Charles Darwin, a propósito de los resultados de sus investigaciones: «Esperemos que no sea verdad; y si lo es, confiemos en que no se difunda». Es consciente Buss de que la psicología evolucionista, como teoría biológica, ha sido utilizada con manipulación política para justificar opresiones y supremacismos, con tanto extremismo naturalista como antinaturalista. Aunque recuerda que la acción humana es, inexorablemente, producto tanto de la biología como del entorno, sin prestarse a la negación de ninguno de ambos elementos. Las únicas diferencias entre sexos radica en los problemas adaptativos distintos a lo largo de la historia evolutiva, y esto es algo que no se puede negar:

La teoría evolucionista no debería malinterpretarse en el sentido de que implica un determinismo genético o biológico o una impermeabilidad a la influencia del entorno.

David M. Buss: «La evolución del deseo»

«La evolución del deseo» de David M. Buss lo publica en castellano Alianza Editorial.

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