No eres tú: es Coolidge

Cuando una mujer aparece por primera vez en algún ambiente preexistente de sexualidad alternativa, ya sea en las pujantes redes sociales, ya sea en persona, no faltan hombres que tienen a bien manifestarle más o menos elaboradamente su gran interés sexual por ella. Sea donde sea tiene una explicación científica.

INCLUSO independientemente de si aquélla tiene pareja. No es que la mujer que coprotagoniza el desde fuera visto como ruborizante cortejo sea mejor que sus iguales de sexo, no. Es que es la nueva entre aquéllas. Aunque para acceder a ser seducida se le dirijan distintas estrategias embaucadoras por parte del correspondiente hombre -últimamente de moda la de ir de hombre feminista y apóstol del poliamor-, éste realmente la está objetificando. Realmente no importan los demás activos de dicha mujer, aunque sean aducidos en orden a su embaucamiento, no: Para esos cazadores interesa como objeto sexual a estrenar.

Es el “efecto Coolidge”, que recibe el nombre por una eventual anécdota protagonizada por John Calvin Coolidge Jr., 30º. Presidente de EEUU, entre 1923 y 1929, y su esposa, Grace Goodhue Coolidge, al parecer ambos de un reconocido buen sentido del humor que ayuda a la verosimilitud de los siguientes hechos, según el etólogo Frank Ambrose Beach Jr., pionero del estudio del fenómeno: En una visita institucional a una granja, adelantada en el periplo la Primera Dama, conoció la fama de virilidad de un de los gallos que allí había, pidiendo a su séquito que le recordaran la capacidad sexual del ave a su marido. Cuando el Sr. Coolidge recibió el recado de su esposa, éste preguntó si el gallo copulaba siempre con la misma gallina, a lo que se le respondió que nunca repetía, pidiendo entonces el Presidente que ese dato se lo devolvieran a su esposa.

Se optó por nombrar como “efecto Coolidge” a la teoría científica de por ejemplo los Drs. el norteamericano Donald A. Dewsbury y el neozelandés Glenn Daniel Wilson, profesores de Psicología, de la preferencia biológica e instintiva de los hombres ante las sucesivas nuevas mujeres que les aparecieran manifestando alguna predisposición, al provocarse un incremento en los niveles de dopamina del sistema límbico de los hombres. Al parecer, en el mundo de la sexualidad humana alternativa (BDSM, etc.), el mero hecho de interesarte alguna de esas prácticas algunos la entienden como predisposición a tener sexo con cualquiera -muchas responden acertadamente “que me guste mucho el sexo no es que me guste con cualquiera”-. Y se ha comprobado la existencia de dicho efecto mediante experimentación en muchísimas otras especies animales de mamíferos.

PARECE ser que responde a lo que desde la sociobiología y la psicología social evolucionista, con Robert L. Trivers y David M. Buss, catedráticos de Psicología, como principales referentes, se conoce como “asimetría entre los sexos en el nivel mínimo de inversión parental”: en tiempo, esa inversión es de 9 meses en el caso de las mujeres, y unos minutos en el de los hombres, transmitiéndose genéticamente a lo largo de la evolución, instintiva y biológicamente, diferentes estrategias sexuales inconscientes y originariamente adaptativas en cada sexo, que en el caso de las mujeres será más selectiva y menos promiscua (estoy deliberadamente omitiendo el empleo del concepto “género” de los originales). Buss llegó a confirmar dichas estrategias en 1989 en un trabajo que dirigió con una muestra sobre más de 10.000 personas de 37 culturas de los cinco continentes.

El Dr. Carlos Yela, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid, referente académico sobre el fenómeno amoroso en nuestro país, es poco sospechoso de machista. De hecho es el verdadero autor de la identificación y cuestionamiento, desde su tesis doctoral de 1995, de los ya famosos “mitos del amor romántico” que tanto basamento dan al patriarcado, aunque se esté ocultando por no convenir el acceso al conocimiento del conjunto de su obra por contradecir científicamente el negacionismo posmoderno actual de la ciencia y, dentro de la misma, particularmente la biología. De hecho, con la misma base sociobiológica, atribuye en su imprescindible “El amor desde la psicología social” una impulsividad sexual y una agresividad innatas, biológicas, instintivas, en los hombres que coincide con los postulados del feminismo más beligerante; pues bien: en el mismo libro, a la vista de la doctrina científica que recopila, adhiriéndose a la teoría de “asimetría entre los sexos en el nivel mínimo de inversión parental” sintetiza las distintas estrategias adaptativas del siguiente modo:

En su virtud, “la función evolutiva fundamental de los impulsos sexuales básicos y los vínculos afectivos primarios (es decir, el sustrato biológico de lo que al combinarse con los factores socioculturales llamamos amor) es la de asegurar la transmisión genética (es decir, maximizar las posibilidades de que se propague la mayor cantidad de genes propios a la próxima generación -o al ‘pool genético’, a largo plazo-)”.

Si eres sumisa, cuando te introduzcas en el ambiente bedeesemero ten claro que es muy probable que te quieran hacer víctima del “efecto Coolidge” por parte de algún cazador sexual escudado en el BDSM.

Escrito el 20 de agosto de 2016

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